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Resumen

08/12/2005

Ciudad

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La ciudad de la que vengo, de la que vine entonces, siendo niño, o a la que acabo yendo inexplicablemente, obligatoriamente, irremediablemente, es la ciudad salvaje, inexplorada, de todos los días, la ciudad de la eternidad donde a veces descubro la adivinación, la decadencia o la locura, la ciudad que me inventa y que, a su vez, inventa el destierro, la ciudad a la que voy y también la ciudad de la que nunca vuelvo. Aparentemente, todo esto podría parecer algo caótico; pero no, nada más lejos de la realidad. La ciudad de la que hablo es un complejo perfectamente organizado y definido, un lienzo monocromo y poliédrico donde quedan dibujados los distintos patrones de conducta, una estructura tan firme que soporta, sin apenas inmutarse, millones y millones de embestidas. Según Henri Lefebvre, los filósofos han "pensado" la Ciudad; han llevado al lenguaje y al concepto la vida urbana. Escribe Lefebvre en El derecho a la ciudad:

"A la ciudad incumbe el trabajo intelectual: funciones de organización y dirección, actividades políticas y militares, elaboración del conocimiento teórico (filosofía y ciencias). La totalidad se divide; se instauran separaciones; entre ellas la separación entre Physis y Logos, entre teoría y práctica, y, ya dentro de la práctica, las separaciones entre praxis (acción sobre los grupos humanos), póiesis (creación de obras), téchne (actividad armada de técnicas y orientada hacia los productos). El campo, a la vez realidad práctica y representación, aportaría las imágenes de la naturaleza, del ser y de lo original. La ciudad aportaría las imágenes del esfuerzo, de la voluntad, de la subjetividad, de la reflexión, sin que estas representaciones se disocien de actividades reales".

Cuando un nuevo viajero (un viajero amigo) llega a la ciudad salvaje, inexplorada, y afila su sistema de alerta (observando, escudriñando), está cercano el momento en que "media sonrisa colgando de los labios" puede hacerse, contra todo pronóstico, con un hueco irrevocable en el infierno; o acabar, en caso contrario (inexplicablemente, obligatoriamente, etcétera), en el fondo nutritivo de la historia. La cuestión queda bosquejada en el diálogo que mantienen (gracias a Italo Calvino y a sus Ciudades Invisibles) Marco Polo y Kublai Kan –a propósito, ¡cómo no!, de las ciudades. Concluye Marco Polo:

"El infierno de los vivos no es algo por venir; hay uno, el que ya existe aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Hay dos maneras de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de dejar de verlo. La segunda es arriesgada y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio".

Eso sí, al menos al nuevo viajero (un viajero amigo) le quedará el consuelo de, a su regreso, poder contar su aventura como Marco Polo cuenta la suya a Kublai Kan, y engrandecer con su relato la ciudad de la que uno viene, la ciudad a la que uno va, la ciudad, al fin, del destierro, la ciudad de la adivinación, de la decadencia y de la locura.

08/12/2005 10:25 Autor: Enrique. #. Hay 2 comentarios.

18/12/2005

Matemáticas

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¿Porqué se hizo Ud. matemático? –me preguntó sorpresivamente. –No sé –dije- quizás fue una equivocación, siempre creí que iba a seguir una carrera humanística. Supongo que lo que me atrajo de las matemáticas es la clase de verdad que encierran los teoremas: atemporal, inmortal, suficiente en sí misma, y a la vez absolutamente democrática.
Guillermo Martínez. Los crímenes de Oxford.

Tarea de la reconstrucción:

En 1978 (¡ahí es nada!), yo me imaginaba a mí mismo como un tipo verdaderamente curioso, como un genio revolucionario en potencia, vamos, aunque, a decir verdad, en acto, no pasaba de ser mucho más que un simple adolescente despistado. El paso del no-ser al ser se me antojaba entonces plagado de dificultades. Mi profesor de matemáticas, por ejemplo, guardaba para sí una visión de la cuestión bastante interesante. Para él yo era, en acto, como un personaje intrascendente, algo así como una imitación barata del hombre invisible (mi profesor de matemáticas sólo enseñaba a los que ya sabían); y, en potencia, nunca reconoció a nadie con más papeletas y firme candidato a sufrir los rigores represivos de la Ley de Peligrosidad Social y sucedáneos. Según Aristóteles, todo ser tiene dos aspectos o dimensiones: "lo que ya es", el acto, y "su capacidad para llegar a ser lo que aún no es", es decir, la potencia. La distinción entre potencia y acto se nos presenta como una de las aportaciones más importantes de Aristóteles a la filosofía occidental, en un intento de dar una explicación satisfactoria al devenir (a las transformaciones) de la sustancia. Lo que no precisó Aristóteles es qué consecuencias puede tener el hecho de que dos actos o dos potencias se encuentren a la vez en el espacio-tiempo, creando con ello un inesperado conflicto de competencias. Mi profesor de matemáticas arruinó en parte mi vida, qué duda cabe, aunque quizás fuera yo culpable de ello y tuviera que esperar al inevitable devenir de la sustancia para entenderlo. Un examen sobre la mesa (suspenso y puntuación de 1,75 para un ejercicio de factores primos, raíces cuadradas y potencias) me ha traído a la memoria esta lejana historia; el examen, claro está, no es mío, sino del objeto actual de mis preocupaciones, y su presencia coincide en el espacio-tiempo con la aprobación, por parte del Parlamento, de un nuevo proyecto educativo, la LOE, a sumar a proyectos educativos anteriores: LOGSE, LODE, etcétera. ¿Se acuerdan ustedes del Informe Pisa 2003? Andreas Schleicher, responsable del mismo, refiriéndose a la situación de la educación en España, fue entonces bastante contundente: "Si vemos el sistema educativo con más éxito del mundo, Finlandia, todo su programa de estudio está en un folleto". ¿Es que no se leyeron el Informe Pisa nuestros políticos? ¿Para qué una nueva Ley, que será sustituida por una nueva Ley, y por una nueva Ley etcétera? ¿No bastaba con un sencillo folleto? El Informe Pisa 2003 hurgaba en la llaga del verdadero problema: situaba a España entre los países con una negativa relación calidad-precio de su sistema educativo: pobre gasto per cápita en educación, poco gasto por alumno; España se situaba entre los 10 que menos invertían de la OCDE y, en consecuencia, añadía el informe, obtenía unos modestos resultados. ¿Modestos resultados? Pero sigamos con el devenir de la sustancia. En 1998 (es decir, 20 años después del primer contacto con la sustancia), en cuanto supe lo que se me venía encima (dos objetos de preocupación enfrentándose a las temidas matemáticas), decidí adquirir un ejemplar de El diablo de los números de Hans Magnus Enzesberger, con la esperanza de ayudar a vencer el temor de mis hijos a tan terrible asignatura. El diablo de los números estaba dirigido expresamente en su subtítulo a "todos aquellos que les temen a las matemáticas" y, como comentó en su día el escritor y matemático argentino Guillermo Martínez, "estaba llamado a convertirse en un best-seller universal si no fuera por un pequeño detalle: las personas que verdaderamente les temen a las matemáticas no abrirán nunca, jamás, un libro que lleve esa palabra en la tapa, porque presienten –con razón- lo que les espera: que bajo la forma insidiosa de lo sencillo, de lo elemental, les quieran enseñar a traición cosas dificilísimas". ¿Conseguí acabar con el pavor de mis hijos a las matemáticas? No, nada más lejos de la realidad; pero, al menos (y aquí es donde verdaderamente quería llegar), gracias al encuentro con el propio Guillermo Martínez estoy en las mejores condiciones para enfrentarme a una batalla que se anuncia (como el paso del no-ser al ser, como el paso de la potencia al acto) larga, tediosa y complicada. El último teorema de Fermat y el anuncio de su demostración por Andrew Wiles, el teorema de incompletitud de Gödel y sus implicaciones filosóficas, la doctrina pitagórica y su representación mística de los números (incluso los juegos de lenguaje de Wittgenstein), todos estos hitos de la historia de las matemáticas se dan cita en Los crímenes de Oxford, la historia de un matemático argentino tras la pista de un asesino en serie, a través de las señales cargadas de contenido matemático que, a manera de reto intelectual, va dejando éste en sus asesinatos. Ahora, a las puertas de 2006 (28 años después de la primera toma de contacto con la sustancia), tengo razones para pensar que estoy a punto de vencer una batalla largamente postergada. Los objetos de mi preocupación cuentan, a partir de ahora, gracias a Guillermo Martínez y a una novela policíaca, con un aliado insólito e invencible. No dejo de pensar en ello desde que mi hijo me mostró, con cara de cordero degollado, el suspenso de su último examen. El juego de "lo que ya es", el acto, y "su capacidad para llegar a ser lo que aún no es", la potencia, tiene a veces estas sorpresas.

18/12/2005 16:37 Autor: Enrique. #. Hay 18 comentarios.

25/12/2005

Estafa

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Cuentan las crónicas que a Humboldt, el cuadro, no le gustó nada. Eduard Ender, el artista austriaco especializado en temas históricos, había representado al propio Humboldt y a su colaborador Bonpland en una choza en plena selva, imaginando a los dos científicos en un descanso de su viaje por las regiones equinocciales del Nuevo Continente. Cuando Ender pinta a Humboldt éste tiene 85 años, pero el científico alemán recuerda a la perfección cómo fueron en realidad las cosas. Las plantas, los árboles, los animales, las montañas representadas por Ender, son una verdadera estafa; los instrumentos representados por el pintor austriaco tampoco se corresponden con los utilizados en las investigaciones. ¿Qué hace ahí pintado ese Círculo de Borda para la medición de ángulos, el instrumento más importante de los geodésicos franceses desarrollado por el científico Jean Charles Borda, cuando hasta 1820 este instrumento no formó parte del equipamiento de Humboldt? ¿Y ese teodolito, en la mesa, entre los dos protagonistas, parecido al gran teodolito inglés, pero en realidad un producto de feria fabricado en Nuremberg y que se vendía allí como microscopio nurembergense de cartón? ¿En qué podía parecerse esta vulgar imitación al sofisticado instrumento de alta calidad fabricado por el óptico Hofmann, de Leipzig, con el que Humboldt y Bonpland realizaron sus investigaciones? Cuentan las crónicas que, cuando Ender intentó vender el cuadro al rey de Prusia, Federico Guillermo IV, el propio Humboldt señaló a Ignaz von Olfers, director general de los Museos Reales de Berlín, lo improcedente de la operación. Ante aquella descomunal estafa, Humboldt reaccionó con firmeza: "Sería mejor –aconsejó el científico alemán- que se olvide del cuadro en la aduana".

Cuentan las crónicas que, poco antes del escándalo, Hwang Woo-suk, el científico surcoreano que asombró al mundo al clonar los primeros embriones humanos, y al derivar de ellos las primeras líneas de células madre específicas de pacientes, era considerado por sus compatriotas como un verdadero héroe. Miles de enfermos de diabetes, Parkinson o lesión medular vieron en los avances de Hwang una puerta abierta a la esperanza, poco antes de llegar a la terrible conclusión de que todos, enfermos y comunidad científica incluidos, habían sido víctimas de una incomprensible estafa. Al parecer, según una investigación de la universidad donde Hwang trabajaba, nueve de las once líneas celulares que éste presentó a la revista científica Science estaban falsificadas; no existían, pues, células madre clonadas, únicamente células madre de tejidos obtenidas en el laboratorio de un colaborador de Hwang: de las once líneas celulares presentadas en Sciencie, nueve ni siquiera existían. Las imágenes de la falsificación acabaron ocupando las páginas de todos los periódicos como metáforas de un viaje (inexplicable) de regreso al pasado. Las líneas celulares, cada una con capacidad para dividirse indefinidamente y capaces de transformarse en varios tejidos, hubieran permitido evitar el rechazo en caso de trasplante, de no haberse tratado, como al final demostraron las investigaciones, de una desagradable estafa. Los responsables de Science y Nature (que también publicó en su día los resultados de la clonación del primer perro clónico, Snuppy) tendrían que haber descubierto el engaño y haber reaccionado, como en el caso de Humboldt, con energía y firmeza: "Sería mejor –debieron aconsejarle al científico surcoreano- que olvide sus líneas celulares en la aduana".

25/12/2005 18:31 Autor: Enrique. #. Hay 1 comentario.

31/12/2005

Cómo escapar de la poesía

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31 de diciembre. Ante el peso de los acontecimientos, tengo que conformarme con un lenguaje inapropiado, ciego, carente de todo ritmo. Por ello –y después de consultar largo y tendido con la almohada de las grandes decisiones- apunto mi principal propósito para el año que ya asoma: ¡aprender a escribir! Ya he dejado de fumar y los pulmones se desperezan como una fiera invernal a las puertas de la primavera (¡Tonterías!). Echo de menos el tabaco, pero no a un nivel físico; el mono–al menos en mi caso-, no existe. Echo de menos las volutas del espíritu que ascienden, nebulosas, hasta la línea del cielo.

Como todos los años, la sombra del jinete se materializa en Nochebuena: sí, vuelve a casa por Navidad, como en el anuncio. Trae los huesos molidos de nieve y de leña, y ha mudado de nuevo el acento. Atrás queda ese pájaro imaginario que mezclaba Valverdeiro, Lagarteiro y Mañego en las estribaciones de la Sierra de Gata. Ahora, el pájaro, canta en el habla de Santibáñez de la Sierra, y el paisaje muestra los picos afilados de las sierras de Béjar y de Francia. El jinete (o el pájaro, que viene a ser lo mismo) no es más que un obstinado "calamorro", es decir: una persona obcecada. De nada sirve que se le vaya cayendo el pelo de la juventud o que vayan encaneciendo las esperanzas. Cuando la poesía lo nombra, lo nombra siempre en el mismo lugar detenido, en la misma postura firme. Y es el dolor ajeno el que también se muestra afilado, se torna (de nuevo) materia, como si todas las plantas venenosas de la historia hicieran su aparición en el jardín de las palabras: A mí, lo que me duele (dice el poema), es tu cabeza. ¿Qué nos queda si en el tiempo hemos dejado las alianzas olvidadas, nuestras más hermosas señas de identidad? ¿Por qué vuelven las pedradas a la carne más amable, los amantes y los gallos de pelea? Un guerrero, a las puertas de la ley que purifica, nunca tiembla. ¿Por qué orinas, animal, sobre la leña? Como muchos habrán adivinado se trata, una vez más, de los orígenes del mito del buen salvaje (Ego sum resurrectio). Escapar de la poesía, entonces, se hace, ¡más que nunca!, necesario; la poesía es el dolor, el mismo dolor, y hace tiempo que yo aborrezco el dolor. Cuando el pájaro –o el jinete- me enseña el dedo índice (ese que ya no se mueve, derrotado por la naturaleza), el vaso de aguardiente vuelve a llenarse, y el silencio del alba da paso al discurso malherido del trabajo. Tengo en la cabeza (sí, en la otra cabeza) un viejo poema* de Antonio Gamoneda y, al leerlo, vuelvo a sentir la obligación, impostergable, de escapar de la poesía:

Cuando yo tenía catorce años,
me hacían trabajar hasta muy tarde.
Cuando llegaba a casa, me cogía
la cabeza mi madre entre sus manos.

Yo era un muchacho que amaba el sol y la tierra
y los gritos de mis camaradas en el soto
y las hogueras en la noche
y todas las cosas que dan salud y amistad
y hacen crecer el corazón.

A las cinco del día, en el invierno,
mi madre iba hasta el borde de mi cama
y me llamaba por mi nombre
y acariciaba mi rostro hasta despertarme.

Yo salía a la calle y aún no amanecía
y mis ojos parecían endurecerse con el frío.

Esto no es justo, aunque era hermoso
ir por las calles y escuchar mis pasos
y sentir la noche de los que dormían
y comprenderlos como a un solo ser,
como si descansaran de la misma existencia,
todos en el mismo sueño.

Entraba en el trabajo.
La oficina
olía mal y daba pena.
Luego,
llegaban las mujeres.
Se ponían
a fregar en silencio.

Veinte años.
He sido
escarnecido y olvidado.
Ya no comprendo la noche
ni el canto de los muchachos sobre las praderas.
Y, sin embargo, sé
que algo más grande y más real que yo
hay en mí, va en mis huesos:

Tierra incansable,
firma
la paz que sabes.
Danos
nuestra existencia a
nosotros
mismos.

En algún lugar del mundo (ahora: del mundo sonoro), un juglar nos desvela cómo es el cielo de Salamanca, cómo son las voces antiguas de Salamanca: ésta es la banda sonora del jinete en el día de Navidad de la memoria.

31 de diciembre: el año nuevo asoma.

__

*Antonio Gamoneda: "Después de veinte años". Blues castellano. (1961-1966).

31/12/2005 12:54 Autor: Enrique. #. Hay 6 comentarios.


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